Nos
encontramos ante una obra pictórica, perteneciente al arte barroco,
concretamente con el lienzo de Enrique IV de Francia recibiendo de
Júpiter y Juno el retrato de María de Medici. Este lienzo formaba
parte de la serie encargada a Rubens por la reina madre de Francia,
María de Medicis, para decorar el salón principal del Palacio del
Luxemburgo en París. Esta obra está datada en 1625, con unas
dimensiones de 394 x 295 cm. Actualmente esta obra se encuentra en el Museo del
Louvre.
Con
esa serie se pretendía exaltar y glorificar la vida y la regencia de
la soberana. El matrimonio de Enrique IV de Francia y María de
Medicis formaba parte de los habituales enlaces de Estado, en los que
los contrayentes no se conocían. María era hija del gran duque de
Toscana y tenía 25 años mientras que Enrique, divorciado sin hijos
de Margarita de Valois, esperaba una unión fecunda y más lucrativa
que la anterior.
Sería
la riqueza de la dote y no la belleza de la joven lo que animó al
monarca francés a contraer matrimonio.
Esta
escena es la cuarta del ciclo y en ella Rubens imagina un primer
encuentro entre los futuros esposos a través del arte. Enrique IV
recibe el retrato de su prometida de manos de Himeneo, dios del
matrimonio, en la izquierda, y Cupido, dios del amor, en la derecha.
Galia, la personificación de Francia, ataviada con un casco
emplumado y un vestido adornado con flores de lis, aconseja
adecuadamente al monarca mientras que en la zona superior de la
composición se halla la pareja olímpica, Júpiter y Juno,
acompañados cada uno por sus símbolos: el águila con los rayos del
dios y el carro y los pavos reales de la diosa. La presencia de los
dioses es una referencia a los "alter ego" divinos de
Enrique y María, simbolizando la armonía conyugal.
Las
figuras se ubican ante un fondo de paisaje en el que observamos una
columna de humo como referencia a la reciente guerra de Saboya, hecho
por el que el monarca aparece con armadura y portando el cetro y la
banda de general. Con su casco y escudo juegan dos amorcillos a sus
pies. El objetivo del matrimonio será convertir a un monarca
belicoso en un rey amante de la paz, lo que provocará la prosperidad
y el desarrollo de las artes en el reino, en la línea que se aprecia
en las escenas de la Regencia.
La
política defendida por la propia María estaría vinculada con esta
filosofía que defendía la paz y potenciaba la diplomacia por vía
matrimonial. No en balde, este ciclo estuvo finalizado con motivo del
enlace de la princesa Enriqueta María con el futuro Carlos I de
Inglaterra. La Educación de María de Medicis y el Triunfo de María
de Medicis en Juliers también forman parte de la serie.
Nos
encontramos ante una obra pictórica, perteneciente al arte barroco,
concretamente con el lienzo de Baco, una de las obras más bellas del
pintor italiano Michelangelo Merisi da Caravaggio (1571 – 1610) más
conocido simplemente como Caravaggio. El artista barroco es
mundialmente conocido por su estilo naturalista y el tratamiento
lumínico del tenebrismo, unos aspectos que en esta ocasión no se
aprecian en este Baco ya que nos encontramos con una de sus primeras
obras importantes.
Se
encuentra realizada en óleo sobre lienzo. Algunos estudiosos datan
la obra en torno a 1596 mientras que otros se inclinan por retrasar
un par de años su datación, sobre 1598. Con todo, lo que sí parece
seguro es que Caravaggio realizaría la obra bajo el mecenazgo de uno
de sus bienhechores más importantes, el cardenal Francesco María
del Monte, quién coleccionó un buen número de obras realizadas por
el artista. El Cardenal del Monte encargaría este lienzo a
Caravaggio con motivo de los desposorios de Cosme II de Médicis.
El
artista italiano representa un dios joven y fornido que ataviado con
una túnica blanca nos ofrece una copa de vino para unirnos a su
celebración. La figura de Baco es de gran belleza y en ella se
resaltan los aspectos andróginos que hacen del dios una encarnación
de ambos géneros. Su cuerpo aparece cubierto por una fina túnica
blanca que nos deja ver la parte derecha de su torso y un musculado
brazo. La cabeza está coronada por hojas de parra y uvas que hacen
juego con el bodegón de frutas que aparece en la mesa dispuesta en
primer plano; en ella también se ve una espumeante jarra con vino de
la que el joven dios acaba de servir una copa para ofrecerla, con un
gesto poco mañoso de su mano izquierda, al espectador.
Precisamente
es esta incómoda postura del dios lo que ha suscitado la idea de que
Caravaggio pudiera estar representando una imagen proyectada en un
espejo. La encarnación rosada de las manos y el rostro de Baco nos
indican su ligera embriaguez que contrastan con el resto de su piel
blanquecina.
Pese
a todo el artista no sólo busca plasmar una temática mitológica
sino que la obra se presenta como un ejercicio de pericia y
perfección compositiva. Abriendo la senda que después seguirán
otros grandes artistas, Caravaggio plantea una unificación temática
en la que conjuga a la perfección el bodegón realista con la
pintura mitológica.
La
luz es aún manierista, ésta se disemina por toda la composición y
está alejada de la tendencia tenebrista que el artista desarrollará
en sus próximas obras. Así aunque este Baco es una de las primeras
obras del artista italiano ya se aprecian en él las maneras de un
gran genio; a la perfección técnica del lienzo debe unirse el
complicado estudio iconográfico y la multitud de matices que aún
los historiadores del arte siguen analizando. En este sentido cabe
destacar algunos detalles como el hecho de que la cesta de fruta del
primera plano esté repleta de frutas no comestibles o que en el
cristal de la copa de Baco aparezca representado el propio
Caravaggio.
Nos
encontramos ante una obra escultórica, perteneciente al arte
barroco, concretamente con el David de Bernini, una obra hecha en
mármol, durante los años 1623 y 1624, y que se encuentra en la
célebre Gallería Borghese, en Roma. Se trata de una obra en la que se ha trabajado de manera magistral el mármol. El tratamiento del mármol llega al punto de que el escultor es capaz de trabajar las calidades con un mismo material: carne, paños, incluso la piedra y la honda han sido trabajados de manera primorosa.
Se trata de una escultura individualizada , en la cual se plasma a David como un
joven pastor en el momento previo a lanzar la piedra la gigante
filisteo. Las
superficies son lisas, observamos como la luz resbala sobre el cuerpo
sin crear demasiados contrastes, algo que también compararemos con
esculturas posteriores, como el Éxtasis de Santa Teresa. Tan solo el
rostro y el pelo alborotado, así como los paños o el zurrón,
incorporan efectos del claroscuro.
Esta
escultura fue concebida para ser colocada frente a una pared, de
manera que el punto de vista, único, permitiera percibir la
intensidad máxima, incluso la violencia del movimiento. Sus líneas
expresivas, que contraponen pierna, cuerpo y cuello al giro de la
cabeza y del brazo que sostiene la piedra en la honda, contribuyen a
reflejar la tensión previa al acción inminente. También lo hacen
el rostro, compendio de tensión y concentración en los labios
contraídos, los músculos rígidos, las fosas nasales hinchadas, el
ceño fruncido y la mirada resuelta.
El
David de Bernini contrasta con el de Miguel Angel, clásico,
contenido, meditabundo, y, al proponer la acción en desarrollo,
supera el estatismo de la escultura renacentista. Bernini
opuso la fuerza dinámica del impulso físico y anímico inmediato al
lanzamiento de la piedra contra la frente del gigante, una doble y
asimétrica estructura diagonal en aspa, en la superficie de la
imagen yen el espacio, dirige el movimiento, efectivamente hacia
atrás y potencialmente hacia adelante del cuerpo, ya heroico, del
futuro héroe.
Todos
los músculos de su anatomía se presentan en la tensión que
permitía arrojar la piedra con la honda, alcanzando su culminación
en los faciales, apretados el entrecejo y la boca a causa del a
voluntad, del esfuerzo, de la concentración y la tensión emocional
del instante previo a la pedrada, la mirada fija del David, frente a
un espectador que queda por debajo de su línea visual, atiende la
enemigo que alza su cabeza por encima de las nuestras pero su
frontalidad nos permite ser testigos de la intensidad, nuevamente
física y emocional , del gesto escultórico.
En
cierto sentido, Bernini pone al descubierto otro elemento primordial
de su estilo o, la necesidad de participación emocional activa del
espectador, emocionalmente zarandeado, frente a la tradicional
pasividad de su mirada, contemplativa y distanciada.
Nos
encontramos en el siglo XVII, siglo el que se desarrolla el arte
barroco, que fue definido con sentido peyorativo como algo
recargado y artificioso. Sin embargo, esta consideración no se
sostiene pues es una manifestación artística original con grandes
logros estéticos, muy vinculados al contexto.
Este
arte se extiende durante el siglo XVII y
primera mitad del XVIII, vinculado a un contexto
de crisis generalizada tanto económica (malas cosechas)
demográfica (hambrunas y epidemias) política (guerra de los
treinta años) y religiosa (enfrentamiento y división
católicos y protestantes).
En
este panorama de crisis aparece este arte.
Una
vez terminada a mediados del siglo XVII la basílica convertida en
planta longitudinal por Carlo Maderno, quien realizó también la
fachada , el Papa Alejandro VII, quién trata de utilizar la
arquitectura como modo de exaltación del poder del pontífice
y de la Iglesia, encarga a Bernini la realización de la plaza que
debería ser capaz de acoger a grandes concentraciones de fieles.
En un principio, Bernini proyectó la construcción de una plaza con dos brazos laterales y un tercero que cerraba el espacio y la aislaba. Detrás de este brazo se encontraba una manzana de casas. Este tercer brazo no se llegó a construir y la plaza quedó abierta a la “Vía de la Consolatione”.
Bernini, en lugar de una sola plaza, realizó dos unidas. La primera es la "plaza recta", un trapecio, la segunda es la "plaza elíptica", donde su eje mayor es paralelo a la fachada y se remarca por el obelisco y las dos fuentes en los focos de la elipse. La plaza trapezoidal se cierra obligando ópticamente al espectador a centrarse en la cúpula. En cuanto a la plaza elíptica, la presencia del obelisco impide la visión frontal de la cúpula y nos obliga a girar dándonos cuenta del espacio curvo.
Cada uno de los brazos ovalados consta de una columnata formada por columnas y pilastras toscanas que forman tres calles. La columnata sostiene un entablamento jónico y encima una balaustrada y las estatuas de santos realizadas por discípulos de Bernini, símbolos del triunfo de la iglesia. Todo ello forma un espacio abierto y teatral, pues proporciona diferentes puntos de vista.
En el medio de la plaza se levanta el antiguo obelisco egipcio del
circo Nerón, coronado con una cruz, para reforzar el simbolismo
cristiano. La luz
adquiere un nuevo papel en la percepción total del edificio,
ya que posibilita la búsqueda del efecto. El conjunto supera la
dimensión de la propia basílica.
Los
recursos artísticos van dirigidos a los sentidos, a
provocar el impacto emocional por este motivo frente al
equilibrio y orden del renacimiento se busca el movimiento, lo
efectista en arquitectura y lo dramático y expresivo en la escultura.
Es
un arte con finalidad conservadora, conmover,
emocionar al pueblo, mantenerlo así en la obediencia al orden
establecido en unos momentos de crisis. Así mismo, se desarrolla un interés por provocar la sorpresa visual: lo rico o apariencia de riqueza y deslumbrante como la expresión
del poder de la iglesia o del poder del monarca.
En el caso de Roma, el Papado, cuestionado por los protestantes, buscó convertir
a Roma en el centro de la iglesia católica y planteó
la idea de atraer a los fieles conmoviéndolos o sorprendiéndolos. En arquitectura esto se va a
realizar mediante reformas urbanísticas que atraigan a
peregrinos a una ciudad nueva y transformada y la creación
de edificios movidos o mediante espacios escenográficos o teatrales
como esta plaza.
El diseño de la obra está copiado de los antiguos propileos de la Acrópolis de Atenas. La influencia de esta plaza ha sido inmensa, ya que la mayoría de las plazas cristianas han querido imitarla, como por ejemplo La Plaza de la Concordia, en París.
Por último, os dejo aquí un pequeño, aunque interesante, vídeo que nos explica algunos aspectos más sobre la plaza de San Pedro:
Nos encontramos ante una obra pictórica de grandes dimenciones. Podemos observar como esta obra se divide en dos partes: una parte inferior, compuesta por el fallecimiento de un personaje importante( debido a la cantidad de mienbros de la iglseia presentes) rodeado de una gran cantida de personajes, tanto civiles como eclesiásticos, como si de una misa funeraria se tratara. Y una parte superior, donde se observa como el fallecido de la parte inferior se encuentra en el cielo y ante una déesis( Jesús, la Virgen María y San Juan Bautista) y un coro celestial. Se puede observar como (en general) la imagen utiliza un claro predominio de los colores oscuros.En la imagen inferior se observa, ademas de los colores oscuros, como los unico que resalta son el color dorado de las túnicas de los mienbros de la iglesia y el rostro de los presentes. En la imagen superior si se destacan colores mas llamativos, como el rojo de la ropa de la Virgen María, el amarillo de la de San Juan Bautista o resaltes claros de las nubes del cielo. Por otro lado, destacar los rostros serenos tanto de los miembros de la misa fúnebre, como de los miembros del cielo. Por último, cabe destacar que esta obra se encuentra encuadrada en un marco con un remate en forma de arco de medio punto.
Aplicando la teoría, sabemos que nos encontramos ante El entierro del señor de Orgaz, popularmente llamado El entierro del conde de Orgaz, es un óleo sobre lienzo de 4,80 x 3,60 metros, pintado en estilo manierista por el Greco entre los años 1586 y 1588. Fue realizado para la parroquia de Santo Tomé de Toledo, España, y se encuentra conservado en este mismo lugar.
El cuadro representa el milagro en el que, según la tradición, san Esteban y san Agustín bajaron del Cielo para personalmente enterrar a Gonzalo Ruiz de Toledo, señor de la villa de Orgaz, en la iglesia de Santo Tomé, como premio por una vida ejemplar de devoción a los santos, su humildad y las obras de caridad llevadas a cabo.
El Greco aceptó el encargo de realizar la obra en 1586,
algo más de dos siglos y medio después de los hechos que en ella
representó. Recibió detalladas directrices sobre cómo debía aparecer el
milagro de la zona inferior del lienzo, pero una vaga descripción de la
zona de la Gloria.
El pintor cretense incorporaría a la zona superior la representación
del Juicio y la aceptación en el Cielo del alma del señor de Orgaz.
También cargaría a la escena del entierro de un aire de actualidad,
retratando a varones de su tiempo con ropajes del siglo XVI y situando los hechos en un oficio de difuntos con las características de la época.
Historia:
Gonzalo Ruiz de Toledo era señor de Orgaz, pues la villa de Orgaz no fue condado hasta 1522. Fue un hombre muy piadoso y benefactor de la parroquia de Santo Tomé. No en vano la iglesia fue reedificada y ampliada en 1300 a sus expensas. Al morir el 9 de diciembre de 1323 (otras fuentes en 1312) dejó una manda que debían cumplir los vecinos de la villa de Orgaz en su testamento
que, ya por generosa, habría bastado para perpetuar su memoria en la
feligresía.
Pasados más de 200 años, en 1564,
don Andrés Núñez de Madrid, advirtió el incumplimiento por parte de los
habitantes de la localidad toledana a seguir entregando los bienes
estipulados en el testamento de su señor y reclamó la manda ante la Real Audiencia y Chancillería de Valladolid.
Y cuando al fin ganó el pleito en 1569
y recibió lo retenido (suma considerable por los muchos años
impagados), quiso perpetuar para las generaciones venideras al conde,
señor de la villa de Orgaz encargando el epitafio en latín
que se encuentra a los pies del cuadro, en la que además del pleito
emprendido por el párroco se narra el relato del suceso prodigioso que
ocurrió durante el entierro del señor de Orgaz, dos siglos antes. Esta
tradición que existía en Toledo narra que en 1327,
cuando se trasladaron los restos del señor de Orgaz desde el convento
de los agustinos —próximo a San Juan de los Reyes— a la parroquia de
Santo Tomé, el mismo san Agustín y san Esteban
descendieron desde el cielo para con sus propias manos colocar el
cuerpo en la sepultura, mientras que los admirados asistentes escuchaban
una voz que decía «Tal galardón recibe quien a Dios y a sus santos
sirve».
Para presidir la capilla mortuoria del señor de Orgaz, don Andrés
Núñez de Madrid, encargó el trabajo a un pintor feligrés y parroquiano,
que por entonces vivía, de alquiler, a pocos metros de allí, en las
casas del marqués de Villena. El 15 de marzo de 1586
se firma el acuerdo entre el párroco, su mayordomo y El Greco en el que
se fijaba de forma muy precisa la iconografía de la zona inferior del
lienzo, que sería de grandes proporciones. Se puntualizaba de la
siguiente manera: «en el lienzo se ha de pintar una procesión, (y) cómo
el cura y los demás clérigos que estaban haciendo los oficios para
enterrar a don Gonzalo Ruiz de Toledo señor de la Villa de Orgaz, y
bajaron san Agustín y san Esteban a enterrar el cuerpo de este
caballero, el uno teniéndolo de la cabeza y el otro de los pies,
echándole en la sepultura, y fingiendo alrededor mucha gente que estaba
mirando y encima de todo esto se ha de hacer un cielo abierto de gloria
...». El pago se haría tras una tasación, tras recibir cien ducados a
cuenta, debiendo acabarse para la Navidad de ese mismo año.
El trabajo se alargó hasta finales de 1587 probablemente, para el aniversario del milagro y la fiesta de santo Tomás.
En una primera tasación el Greco evaluó su obra en 1200 ducados , «sin
la guarnición y el adorno» cantidad que le pareció excesiva al buen y
práctico párroco (en comparación con los 318 del Expolio y los 800 del San Mauricio de El Escorial).
Reclamó el párroco y trató de renegociar la rebaja y dos nuevos
pintores retasaron el enorme cuadro en 1700 ducados. Ante el nuevo
desastre, recurrieron cura y mayordomo, y el Consejo Arzobispal decidió
retornar al primer precio. El Greco se sintió entonces agraviado y
amenazó con apelar al Papa y a la Santa Sede,
pero se avino a causa de las previsibles dilaciones y costos
procesales; el 30 de mayo de 1588, el consejo acepto la renuncia del
pintor a apelar y resolvió que la parroquia le abonara los citados 1200
ducados, concertándose el 20 de junio ambas partes y saldándose la deuda en 1590.
Descripción:
El cuadro representa las dos dimensiones de la existencia humana: abajo la muerte, arriba el cielo, la vida eterna. El Greco se lució plasmando en el cuadro lo que constituye el horizonte cristiano de la vida ante la muerte, iluminado por Jesucristo.
En la parte inferior, el centro lo ocupa el cadáver del señor, que va
a ser depositado con toda veneración y respeto en su sepulcro. Para tan
solemne ocasión han bajado dos santos del cielo: el obispo san Agustín, uno de los grandes padres de la Iglesia, y el diácono san Esteban, primer mártir de Cristo.
En la tradición bíblica el cuerpo es enterrado, devuelto a la tierra
de donde salió, en la espera de ser transfigurado por la resurrección
final. El cuerpo humano, que el Hijo de Dios ha tomado al hacerse
hombre, ya no es la cárcel del alma, sino la materia animada por el
espíritu, la materia que será definitivamente transformada en la
resurrección.
A este entierro, dos personajes principales, el Greco nos mira de
frente, invitándonos a entrar en el misterio admirable que contemplan
nuestros ojos y su hijo, señalando con su dedo al personaje central.
En la parte superior, el pintor describe el cielo, la vida feliz de los
bienaventurados. Aparece Jesucristo glorioso, luminoso, vestido de
blanco, entronizado como juez de vivos y muertos. Es el señor de la vida
y de la historia de los hombres. A Él se le ha dado la capacidad de
juzgar a los hombres, y lo hace con misericordia, como lo muestra su rostro sereno y su mano derecha que manda al apóstol Pedro, jefe de su iglesia, que abra las puertas del cielo para el alma del conde difunto.
Personajes:
En la parte inferior, encontramos la escena del entierro. El luto y la
seriedad en los semblantes destaca por encima de todo. Todos los labios
están sellados. Contrasta el tropel con el que se sitúan los personajes,
con el orden de la parte superior. Algunos rostros no están completos.
Podemos distinguir entre los personajes en primera fila y la propia fila
de caballeros en un posterior plano.
En la parte superior persiste la necesaria seriedad del momento,
rodeados de nublado. Corresponde a la construcción imaginativa de poetas
y artistas. Las formas características del Greco acentúan la belleza de
lo ultraterreno; el tono frío y al mismo tiempo intenso y deslumbrante
del color y la iluminación subrayan la pertenencia a otro ámbito.
El Greco:
Doménikos Theotokópoulos (Candía, 1541-Toledo, 1614), conocido como el Greco («el griego»), fue un pintor del final del Renacimiento que desarrolló un estilo muy personal en sus obras de madurez.
Su formación pictórica fue compleja, obtenida en tres focos
culturales muy distintos: su primera formación bizantina fue la causante
de importantes aspectos de su estilo que florecieron en su madurez; la
segunda la obtuvo en Venecia de los pintores del alto renacimiento, especialmente de Tiziano, aprendiendo la pintura al óleo y su gama de colores —él siempre se consideró parte de la escuela veneciana—; por último, su estancia en Roma le permitió conocer la obra de Miguel Ángel y el manierismo, que se convirtió en su estilo vital, interpretado de una forma autónoma.
Su obra se compone de grandes lienzos para retablos
de iglesias, numerosos cuadros de devoción para instituciones
religiosas -en los que a menudo participó su taller- y un grupo de retratos
considerados del máximo nivel. En sus primeras obras maestras españolas
se aprecia la influencia de sus maestros italianos. Sin embargo, pronto
evolucionó hacia un estilo personal caracterizado por sus figuras
manieristas extraordinariamente alargadas con iluminación propia,
delgadas, fantasmales, muy expresivas, en ambientes indefinidos y una
gama de colores buscando los contrastes. Este estilo se identificó con
el espíritu de la Contrarreforma y se fue extremando en sus últimos años.
Adoración a los pastores
La formación del Greco le permitió lograr una conjunción entre el diseño
manierista y el color veneciano. Sin embargo, en Italia los artistas
estaban divididos: los manieristas romanos y florentinos defendían el
dibujo como primordial en la pintura y ensalzaban a Miguel Ángel,
considerando el color inferior, y denigraban a Tiziano; los venecianos,
en cambio, señalaban a Tiziano como el más grande, y atacaban a Miguel
Ángel por su imperfecto dominio del color. El Greco, como artista
formado en ambas escuelas, se quedó en medio, reconociendo a Tiziano
como artista del color y a Miguel Ángel como maestro del diseño. Aun
así, no dudó en desacreditar con dureza a Miguel Ángel por su
tratamiento del color. Pero los estudiosos coinciden en señalar que fue
una crítica engañosa, pues la estética del Greco compartía los ideales
de Miguel Ángel de primacía de la imaginación sobre la imitación en la
creación artística. Sus escritos fragmentarios en varios márgenes de
libros indican su adhesión a las teorías manieristas, y permiten
comprender que su pintura no fue fruto de visiones espirituales o
reacciones emocionales, sino que trataba de crear un arte artificial y
antinaturalista.
Nos
encontramos ante una obra escultórica del Renacimiento español,
para ser más exactos, estamos frente al Retablo mayor de Santa María
de la Antigua, realizado por Juan de Juni entre los años 1545 y
1562. Su material de construcción es la madera policromada y su
precio fue 26 400 reales. Se encuentra situado en el altar mayor de
la Catedral de Valladolid.
BANCO
El
banco tuvo en su parte central el tabernáculo. Tiene dos
bajorrelieves: el de la Oración del Huerto y el de la Sagrada Cena.
Los tableros se separan por mensuras constituidas por volutas y
cabezas de serafines.
La
Ultima Cena se desarrolla en torno de
una mesa rectangular. Delante, sobre el banco, hay una gran jarra y
Judas que agarra la bolsa de dinero, protegiéndola de otro apóstol
que la pretende. Sobre la mesa se ve el cordero pascual, el pan y el
cuchillo. Las figuras de los apóstoles se disponen ordenadas, aunque
parece existir cierto “horror vacui”. El centro lo ocupa Jesús,
que tiene en el regazo a San Juan. En el fondo se ve una interesante
arquitectura clásica con frontón.
El
relieve de la
Oración del Huerto responde
al tipo italiano quattrocentista; las figuras se superponen sin
perspectiva. Pedro y Santiago duermen sujetando la espada con la
mano; San Juan reposa plácidamente.Cristo se halla en un montículo,
en oración, en la forma que narran Mateo y Lucas, es decir, poniendo
el rostro contra el suelo. En el fondo se divisa a Judas, en un
tamaño mucho menor al resto de figuras, llevando en la mano la bolsa
de dinero. En el espacio se cierne un ángel exhibiendo el cáliz en
una mano, y en la otra una cruz.
PRIMER
CUERPO
Se
encuentra constituido por una hornacina central, que invade el
segundo cuerpo; dentro de él se halla la Inmaculada. A los lados hay
cuatro hornacinas de menos tamaño, flanqueadas por columnas
corintias, dentro de las cuales se encuentran las esculturas de San
Andrés, San José, San Joaquín y San Agustín. En las calles
laterales hay dos altorrelieves del Abrazo en la Puerta Dorada y el
Nacimiento de la Virgen. A los extremos van en relieve las figuras de
San Antonio de Padua y San Bernardino, con decoración de estípites,
mascarones, paños colgantes y frutas.
La
Inmaculada,
de un gran carácter monumental, está colocada sobre una tarjeta, en
la que aparece una inscripción. Está labrada en tamaño superior al
resto de las figuras. Tiene un libro abierto en la mano izquierda y
con la derecha sujeta un ramo de azucenas. Los pies descansan sobre
la media luna y una enorme serpiente. El cabello es espeso, resuelto
en ondas gruesas y agitadas; la cara presenta tersas facciones
juveniles. Aparece coronada. Por detrás hay una aureola de rayos
curvos.
Las
cuatros figuras de las hornacinas aparecen contrapuestas, mirando
hacia el centro, con arreglo a la composición simétrica del
Renacimiento.San José se
identifica por el instrumento que lleva en la mano y el taladro
sujeto al cinto. Su brazo derecho se introduce por la parte posterior
de la columna, con esa pretensión juniana de escapar del marco
arquitectónico. Juni ha colocado a San José a la derecha de la
Virgen, en el lugar preferencial, en atención a ser su esposo. De
todas formas es muy poco frecuente en el siglo XVI el conceder a San
José esta prevalencia. Frente a él se halla San
Joaquín. San
Andrés se identifica por la cruz
aspada, que sobresale del intercolumnio. Describe un hermoso escorzo.
Al extremo opuesto se halla San Agustín,
asoma el báculo por detrás de la columna, y lleva libro, corazón y
mitra episcopal en la mano; vista dalmática.
El
abrazo de la Puerta Dorada
responde a una formula juniana. Los cuerpos de ambos parecen a punto
de empotrarse; en el suelo está el cayado de San Joaquín. El pastor
que acompaña a éste lleva una oveja al hombro y un cesto. La
arquitectura es de porte clásico. Juni va eliminando grutescos y
aquí la puerta se ofrece con dos huecos de medio punto y cornisa
sostenida por canes de moldura de talón. En el friso alternan
triglifos y metopas decoradas con círculos. En lo alto se sitúa el
ángel de la revelación, el cual vuela envuelto en un vestido que
tremola como una bandera.
En
el Nacimiento de la Virgen, Santa Ana está en el lecho
acompañada de San Joaquín. La cama tiene su dosel y está cerrada
con cortinajes, que un ángel ha levantado. La perspectiva es de
rápida convergencia. Por una puerta del fondo sale el mensajero que
va a comunicar la nueva. En primer término las comadronas lavan a la
Virgen.
SEGUNDO
CUERPO
El
segundo cuerpo tiene una calle central, con la figura de Santa
Ana enseñando a leer a la Virgen en
la hornacina central, la cual se remata mediante una venera con la
charnela hacia afuera. Las calles laterales poseen una hornacina
central para estatua y cuatro relieves alrededor. En el lado del
Evangelio se hallan la estatua de Santa
Lucía y
los relieves de la Presentación
de la Virgen,
la Anunciación,
la Circuncisión
y
la Epifanía.
En
el lado derecho, ocupa la hornacina la figura de Santa
Bárbara y
alrededor los relieves de la Presentación
del Niño,
la Huida
a Egipto,
la Visitación
y
la Adoración
de los Pastores.
A
los extremos van unos originales grutescos. La parte superior se
constituye con el cuerpo de una especie de sátiro, la inferior se
resuelve en tallo vegetal. Un niño desnudo porta una tarjeta con
inscripción. En el lado del evangelio se lee: “Hizo
este retablo la iglesia y parroquianos”;
y en la de la epístola: “Acavose de
asentar a principios de 1562 años”.Juni
hace corresponder cada hornacina del cuerpo inferior con una columna
en el superior, de manera que no se guarda la verticalidad del
soporte. Es de advertir el ritmo cuadrado de los espacios, recordando
a preocupaciones de Alberti.
El
ático contiene la escena del Calvario, dos altorrelieves laterales
de la Dormición de la Virgen y la Asunción, cuatro profetas en
la cumbre y un relieve terminal del Padre Eterno. Juni tuvo presente
el emplazamiento del retablo, y para no tapar las luces, estiró la
parte central.
Los
relieves de la Dormición
de la Virgen y
de la
Asunción terminan
en dos robustas cornisas, que se inflexionan en forma de arco
carpanel, a la manera de los frontones con que se rematan los
palacios venecianos del siglo XV. Estas cornisas aparecen sostenidas
por términos, cuya mitad inferior se dispone en forma de voluta y se
decoran con una concha que asemeja la forma de un ala. Juni, que
procede de la manera más caprichosa, acrecienta el peso de las
partes elevadas, y así vemos que estas cornisas de tan pronunciado
resalto reposan sobre frágiles soportes. En el relieve de la
Dormición de la Virgen,
Juni ha usado una composición del más claro equilibrio renaciente.
Es un verdadero tratado de simetría, como se ve en la desnuda
arquitectura del fondo, con sus columnas toscanas y arcos, pero
especialmente en las figuras. Para el fondo arquitectónico Juni ha
podido inspirarse en el relieve de la Resurrección de Prusiana, por
Donatello (San Lorenzo, Florencia).
El
Calvario
está
constituido por el Crucifijo, colocado sobre altísima cruz, y el
grupo de la Virgen con San Juan y la Magdalena. El Crucifijo muestra
a Cristo muerto; un paño en disposición triangular cubre su
desnudez. El conjunto del Calvario ha sido concebido como una
diopsia, es decir, como una doble escena, de manera que el espectador
se ve obligado a dirigir la vista a dos puntos distintos. Esta
modalidad puede verse en un Descendimiento hecho por Jacopo
Sansovino. Juni ha podido tomar la inspiración de Italia, pero no
hay duda de que por la gran separación entre el Crucifijo y el grupo
de la Virgen la obra tiene una gran originalidad. La Virgen aparece
desmayada, San Juan acude en su ayuda, mientras que la Magdalena no
puede contener el llanto. Esta interpretación de la Virgen desmayada
no se acomoda al relato bíblico, pero es una licencia que se toma
para conmover a los fieles.
En
la cúspide del retablo hay un relieve del Padre
Eterno. Está sentado en un trono bajo,
con objeto de ofrecer una composición de poca altura, con la
ordenación en diagonal. Bendice con una mano y apoya la otra en la
bola del mundo. Dos ángeles tienen descorrido el dosel. Las barbas
forman largas madejas onduladas, recordando en cierta manera la
“terribilitá” de Miguel Ángel y su Moisés.
A
cada lado del retablo hay tres sillas unidas a él, pasando a ser un
retablo-sillería. Los sitiales encajan en los extremos del banco y
caen bajo las pulseras laterales. Están hechos de madera sin
policromar, como es normal en las sillerías. Los tableros están
ornamentados con relieves. El central tiene una figura de tamaño
completo y los laterales de medias figuras. Se corona el tablero
central con un mascaron, adornado con frutas, y en sus flancos se ven
trape zoóforos, cabezas de carneros y estípites.
El
conjunto del lado del evangelio está presidido por el tablero de San
Pedro. Porta una enorme llave en la mano izquierda, lleva una gran
espada al cinto. Los otros tableros representan a San Jerónimo, que
lleva sus atributos característicos; y un santo monje, con libro
abierto y palma martirial. Las sillas del lado de la epístola están
presididas por el tablero de San Pablo. Empuña una enorme espada y
sostiene un libro, que está sujeto por un solo dedo, algo muy
peculiar de Juni. El tablero de la izquierda representa a San
Gregorio; al lado opuesto está el tablero que efigia a un monje, que
sería un fundador, porque tiene báculo y libro, los rasgos son tan
personales que podía ser un retrato.
Nos encontramos
ante una obra arquitectónica del Renacimiento español, para ser más
exactos, estamos frente a la Catedral de Granada, llevada a cabo por
Diego de Siloé entre los años 1528 y 1563. Su material de
construcción es la piedra de Santa Pudia y se encuentra situada en
el centro histórico de la ciudad mencionada anteriormente, Granada.
HISTORIA DE
SU EDIFICACIÓN
Su
construcción se proyecta en el año 1505 sobre la antigua Mezquita
Mayor de la Granada, por decisión de la reina Isabel La Católica, y
se inicia en 1523 cuando el obispo fray Fernando de Rojas coloca en
la primera piedra del templo, según las trazas dadas por Enrique
Egas, con planta similar a la de Toledo, siendo nombrado Egas poco
después Maestro Mayor de las obras de la catedral.
Por
entonces y desde 1525
Diego de Siloé dirigía
las obras del Monasterio
de San Jerónimo de
esta misma ciudad, y el Cabildo entonces le encomienda unos diseños
para la catedral, acomodados a la distribución de los cimientos y de
la obra ya comenzada por Egas. Es posible que el Cabildo quisiera
mayor dedicación y asistencia a las obras que la prestada por éste
para el templo mayor de la ciudad, aunque puede que la razón final
fuera el deseo de cambiar su aspecto medieval y goticista por otro
nuevo de corte clásico y renacentista.
Lo
cierto es que con los diseños de Siloé se realiza un modelo en
madera del templo y, luego de algunas vacilaciones por los posibles
daños que pudiera ocasionar a la Capilla
Real (Granada) ya
existente desde antes y a la cual se adosa la catedral, el emperador
Carlos aprueba en 1529
su
diseño a
lo romano;
cosa que parece lógica, pues entraba de lleno en los gustos del
monarca, a quien por entoncesle
comenzaba a levantar dentro del propio recinto de La
Alhambra su
novedoso Palacio
de Carlos V dentro
de los más estrictos cánones clasicistas.
A
la muerte de Siloé, en 1563,
y tras haberse habilitado el templo al culto por tener cubiertas las
bóvedas y cerrada la cabecera, le sucede Juan
de Maeda,
su discípulo y aparejador, junto a un brillante grupo de
entalladores en las decoraciones del templo, suspendiéndose las
obras en 1568
a
causa de la guerra con los moriscos. A la muerte de Maeda en 1576
el
cabildo nombra sucesor de las obras a su hijo Asensio
de Maeda,
quien no acepta el cargo por encontrarse trabajando en las de la
catedral de Sevilla.
El siguiente maestro de obras en Lázaro
de Velascoque
fallece pronto, en 1580,
siendo sucedido por el aparejador Ambrosio
de Vico.
Tras
años de trabajo, en 1700
se
concluye finalmente la construcción de esta gran catedral, según el
modelo de Siloé, a quien se debe la extraordinaria imagen espacial y
arquitectónica que produce contemplar desde la nave central la
rotundidad de su Capilla
Mayor,
redonda y con arcos encasetonados que la comunican con la girola que
la rodea, y cuyos muros decorados con vidrieras de gran belleza y
esculturas y pinturas de Alonso Cano, resume la grandeza de este
templo.
ARQUITECTURA
E INTERIOR DE LA CATEDRAL
Este modelo, de
cinco naves, doble girola, crucero y dos torres a los pies, fue el
resultado de las modificaciones realizadas por Siloé sobre las
trazas de Egas; conserva el concepto de iglesia gótica de naves
escalonadas y bóvedas de crucería, pero incluye elementos
clasicistas como son las medias columnas acanaladas y con capiteles
corintios adosadas a los pilares y las altas pilastras creadas para
elevar la altura de las naves.
En su interior
destaca también su sillería plateresca del Coro y la Sala
Capitular, actualmente lugar de exposición del tesoro de esta
catedral, que también expone piezas en la Sacristía.
Exteriormente
es espléndido el primer cuerpo de la Portada
del Perdón,
obra de Siloé donde muestra sus excepcionales dotes arquitectónicas
y maestría escultórica. Compuesta a la manera de arco triunfal
romano, la puerta queda flanqueada entre columnas pareadas con
hornacinas superpuestas, los arcos se adornan con vivos motivos, y
sobre ellos aparecen las figuras de la Fe y la Justicia tendidas, con
una cartela clásica renacentista; los fustes estriados se adornan
con guirnaldas y el friso con medias figuras humanas acabadas en
follaje, talladas con gran expresividad.
Al
gran artista local Alonso
Cano se
le debe la configuración estética y arquitectónica final de su
fachada principal, de hacia 1667,
entre otras muchas obras realizadas por él para esta catedral, como
su famosa Inmaculada
y
los altos lienzos pintados para su Capilla
Mayor con
temas marianos. La traza de esta fachada, aprobada poco antes de
morir, partía del proyecto inicial de Siloé, siendo reorganizada
por Cano, a quien corresponde su estructura de arco triunfal y el
efecto retranqueado inspirado en las dobles portadas. A él también
se debe su personal concepción no clasicista, con múltiples rasgos
originales como son las pilastras cajeadas sin capitel, la
utilización del óculo circular y la percepción barroca y
claroscurista tan característica que otorga al conjunto de la
fachada.
A
partir de 1704
Francisco Hurtado Izquierdo se
ocupa de la construcción del Sagrario,
ya de plena factura barroca, con planta resuelta en tres tramos, el
central cubierto con cúpula. Su definitivo aspecto lo resuelve a
partir de 1716
el
también arquitecto José
de Bada,
quien modifica y suprime parte de los elementos decorativos del
proyecto inicial.